Los elefantes en el país de las sonrisas. 2ª parte. La ceremonia Phaa jaan

LA CEREMONIA DEL PHAA JAAN, EL COMIENZO DEL HORROR

Este es el relato de alguien que presenció cómo eran adiestrados los elefantes en un poblado de mahouts. Era la tradicional ceremonia del Phaa Jaan. Obtenido íntegramente de www.helpthaielephants.com

En un pueblo, en lo profundo de las selvas de Tailandia, alguien ofrece una pieza de fruta a una cría de elefante. Nacida en cautiverio, ha vivido toda su corta vida en el pueblo, con los entrenadores de elefantes, los mahouts, donde vino al mundo hace sólo dos años. La bebe elefante esta confiada, conoce el pueblo y conoce a los aldeanos, los únicos seres humanos que jamás ha conocido.

La bebe elefante coge la fruta con delicadeza, con su pequeña, arrugada y gris trompa. Mueve suavemente sobre la tierra sus pies grandes y redondos.

Utilizan la fruta como reclamo, sin que el animal sepa que los aldeanos van a traicionar su confianza. Van a comenzar siete días de tortura que sacudirán hasta su misma esencia.

La bebe elefante todavía esta creciendo y no es mucho más alta que los aldeanos que la trasladan y rodean. La confianza en lo conocido hace que este tranquila, lo que permite a los aldeanos ponerle la gruesa soga al cuello. Sorprendida, intenta soltarse la soga, pero ya es demasiado tarde, ha caído en la trampa y ya no tiene escapatoria.

Los aldeanos luchan por inmovilizarla y ella lucha por escapar. Grita de miedo esperando que su madre acuda a ayudarla. Pero es en balde. Su madre, también traumatizada, ha sido apartada de su hija y de la aldea ese día. Aunque el bebe elefante es ya muy fuerte y potente, nada puede hacer contra docenas de aldeanos que tiran de la soga que divide cada más la delicada piel de su cuello.

El bebe ya esta inmovilizado y en el pueblo hay un aire de celebración. Jóvenes y viejos se detienen a observar el ritual.

Van añadiendo cuerdas y cables de acero alrededor de su cuerpo. Ella intenta escapar desesperadamente, y utiliza la trompa para defenderse de los dolorosos golpes. Pero no hay misericordia. Su trompa y la piel sensible de entre sus uñas son golpeados con palos y pinchados con palos con clavos. Los clavos llegan a insertarse en los canales de sus oídos.

Cansada y agotada no puede mantenerse en pie. Sus piernas ceden, estirando las cuerdas que tiene alrededor del cuello provocando asfixia. Un nuevo golpe en las costillas hace que vuelva a ponerse de pie.

Un anciano de la aldea se sube encima de ella y extiende los brazos a ambos lados del cuello. Cuenta con un palo unido a una hoja larga, curvada y puntiaguda. Hablando en tailandés le da un mensaje a la cría de elefante, “Recuerda, si no vas en contra de nosotros, no te haremos daño.” Levanta la hoja, escupe sobre ella, y se la hunde en la cabeza, directamente entre las orejas. Repite la operación varias veces y cada vez que lo hace, el animal intenta reaccionar. Pero tiene el cuerpo torturado y ensangrentado.

Más tarde se descubre que la cría de elefante se ha quedado sorda, probablemente sea el resultado de la lección del sádico anciano.

Los más jóvenes sustituyen al anciano. Uno de ellos se sienta encima del elefante. Esta fumando un cigarrillo. Se toma su tiempo y mientras descansa mueve y hunde más el palo que el anciano ha clavado en la cabeza del elefante, haciendo la herida cada vez más grande. La cría de elefante ruge en una agonía interminable, levantando la cabeza en vano intento de librarse de ese instrumento de dolor.

El anochecer ha caído sobre el pueblo, y entre el humo de una fogata ardiendo al lado de su jaula, los ojos tristes revelan el temor y la confusión de un bebé elefante cuyo mundo se ha vuelto del revés. Su madre se ha ido y ha sido golpeada y abusada por los aldeanos en quien ella confiaba. Sin embargo, su calvario no ha terminado. Los próximos días se le negara comida, agua y se impedirá que duerma. Por turnos, los aldeanos la golpearan día y noche, asegurando que su sumisión es absoluta y completa.

Una semana más tarde, vimos a la cría de elefante atada a un árbol, fuera de la aldea. Sus ojos estaban cerrados por la hinchazón. Por sus orejas grandes y rasgadas corría una mezcla de sangre y pus. Una capa de diarrea seca cubría sus patas traseras, como evidencia gráfica del terror al que había sido sometida. Las palizas se repetirán con regularidad el resto de su vida para recordarle quien es el jefe.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s