Ups

Aquí estoy de nuevo después de una semana ausente. He tenido unos días raros. Tampoco me voy a quejar, mis primeros días fastidiado después de muchos meses es un buen balance, además, imagino que forma parte de la experiencia.

Cuando llevas tanto tiempo en un sitio acabas conociendo con detalle la vida y las circunstancias de las personas que te rodean, unas veces de primera mano y otras por terceras personas. Y en ocasiones, en un país tan diferente al mío, las historias te suenan inexplicables, tristes, desesperadas, abrumadoras. Es muy difícil entender comportamientos o situaciones que son inimaginables en mi mundo, o no, porque probablemente existirán también en occidente, pero habrán pasado desapercibidas para un español de clase media.

Lo más extraño es que lo peor es que uno se siente mal siendo el menos perjudicado de la historia. ¿Tengo derecho a sentirme jodido siendo que sólo sé historias porque me las han contado? Creo que los protagonistas de esas historias me mandarían a freír espárragos.

Y, ¿Qué hacer? Pues no lo sé. A veces es difícil discernir que esta bien o mal porque las situaciones no son radicales. Mis criterios, mi forma de pensar y ver el mundo aquí no valen. Aquí juegan de otra manera. Incluso trato de abstenerme de juzgar para no correr el riesgo de equivocarme del todo.

Ya me sucedió una vez. Hace unos meses conocí a una camarera que me llamó la atención. Estaba como una chota y a mi me pone lo anormal, así que le tiré los trastos. Salimos un par de veces. En una de las citas, quedamos en que la pasaba a buscar por su casa. Al entrar note como mis pelotas rebotaban en el suelo. En un minúsculo habitáculo convivían sus abuelos, su padre, su hermano pequeño y el hijo de mi amiga. Por cierto, yo desconocía que tenía un hijo. Además, puntualmente estaban también su hermano mayor con su mujer y sus hijos. Tenían una cama en la que dormían sus abuelos con su hijo. No tenían ni nevera, ni aire, ni agua caliente.  En las paredes estaban registradas las entradas de agua de la época de los monzones. Era abril, y con 35º de temperatura media en Chiang Mai yo sólo podía pensar en que nunca tendrían algo fresco para beber, o que no podían tener comida en casa. O mi amiga, que tenía que dormir en el suelo. Y cuando estaba también su hermano, ¿Cómo convivían 8 personas en ese diminuto espacio? Y encima la madre de mi amiga había muerto. Hándicap añadido porque aquí las que tienen dos huevos para sacar la familia adelante son las mujeres.

A los pocos días, para acallar mi coincidencia de occidental y poder dormir tranquilo, le compré una nevera, una cama y un aire acondicionado. Así me era más fácil hablar con ella de mis importantes problemas vitales: se me ha roto el iPod, echo de menos la borraja, el avión para irme con mis amigos a la playa es caro, no encuentro ropa de mi talla o mi inglés no avanza como me gustaría.

Unos días después, entre un pollo al curry y un pad thai, ella me preguntó por que le había comprado esas cosas. Ante mi silencio y conociendo la respuesta, podía ser humilde pero no gilipollas, me hizo la pregunta de manera más directa ¿Te dio pena mi casa? ¿Te doy pena? Si, contesté. Es una de las desventajas de no dominar un idioma, que no puedes irte por las ramas. Además, tampoco soy muy rápido mentalmente. Entre risas, suyas claro, ella trato de explicarme que si quería vivir aquí e integrarme, y tratar con tailandeses, tenía por fuerza que olvidar mis criterios occidentales. Omito la conversación posterior porque fue muy personal y no del todo del agrado de mi ego.

En fin, que tengo que desoccidentalizarme o asiatizarme si quiero entender cómo funcionan aquí las cosas.

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